Tuesday, April 23, 2013

Un bello día para morir

Cuento bello día morir
Foto de Poch
La brisa rozaba mi piel con cierta peculiaridad, no parecía normal. Mi pecho agitado pedía un poco más de oxígeno. A mis pies llegaba el agua de las olas que rompían para luego regresar al mar del que provenían. Mientras la arena, juguetona, me hacía cosquillas en los pies. 

Poco a poco logré recuperar el aliento. El oxígeno entraba con facilidad a mis pulmones, los recorría y me saciaba hasta consumirlo por completo. Entonces, me incorporé de aquella posición extraña que tomaba mi cuerpo con las rodillas flexionadas y las manos posadas sobre ellas. Tomé una postura recta para admirar el sol que se iba escondiendo allá en el horizonte.

Llamó mi atención una gaviota que emprendía el vuelo no muy lejos de mi. No tardaron en unírsele muchas más llenando de vida el cielo, aquel cielo lleno de matices rojizos y anaranjados, y de nueves jugando a hacer remolinos. 

En el ambiente se percibía una tranquilidad inusual, una tranquilidad... poco creíble para mi corazón, el cual palpitaba con rapidez y desconcierto. Aún así, en ese instante quería no más que creer en aquella tranquilidad y vivir en ella por siempre. Cerré mis ojos, extendí mis brazos y me entregué a aquel ambiente deseado por los prisioneros de guerra y tan cotidiano para los monjes tibetanos.

Aquel paisaje parecía casi perfecto. "Nada podría arruinar este momento", pensé. ¡Qué equivocado estaba! De pronto se escuchó un tremendo estruendo que logró interrumpir aquella perfección. Mis ojos se abrieron enseguida con un grito ahogado en el rugir de las olas que aumentaban su fuerza. Caí de rodillas en la arena, aquel estruendo me había atravesado por completo. Las gaviotas volaron agitadas, espantadas. Mientras el sol se terminaba de esconder en el horizonte, sus últimos rallos me despedían así como yo me despedía de la vida.


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